OLGA PUJADAS, Psicoterapeuta
Barcelona

Caos y familia

Como es arriba es abajo.
Como es adentro es afuera.
Tabla de Esmeralda

Muchos padres se quejan en consulta del "mal comportamiento" de sus hijos. De que son desordenados, desobedientes, no respetan, tienden a hacer siempre lo que les da la gana...  Pero, con sólo unas pocas preguntas, en la mayoría de casos descubro que en estas familias hay muy pocas costumbres, apenas hay hábitos ni horarios establecidos, nadie se encarga de nada en particular, se improvisa continuamente... Y si los padres carecen de un mínimo sentido del orden y la organización (no sólo en casa, sino también fuera de ella), ¿cómo lograrán que sus hijos sean distintos? Muchos niños lo ven claramente y, cuando sus padres los riñen, replican dolidos: "¿Y tú qué?"

Los niños son, como sabemos, grandes esponjas. Absorben, interiorizan, reproducen conciente o inconscientemente mucho de lo que ven, sobre todo en sus seres queridos, en sus personas de referencia. (A los adultos también nos pasa). Tienen además un profundo sentido de la equidad, de la justicia, de modo que no pueden obedecer sin dolor las órdenes que no comprenden, que son arbitrarias o abusivas, dadas "porque sí" y con autoritarismo. Y mucho menos si se las dan personas que no son un ejemplo de lo que mandan. A diferencia de los adultos y los políticos, los niños no soportan las injusticias. Las dobles varas de medir. Los dobles raseros.

Por esta la misma razón, cuando los padres abusan demasiado de estos "atropellos", sus hijos acaban perdiéndoles la confianza, el respeto. Incluso su amor y gratitud inconsciente. De este modo, su tendencia a desobedecer, incluso a rebelarse, crece. Y si los padres insisten en aumentar sus presiones y castigos, la bola de nieve seguirá creciendo y los conflictos se multiplicarán. El problema es que muy pocos padres se dan cuenta, sin ayuda externa, de que fueron ellos mismos los que iniciaron este círculo vicioso con su propia forma de vivir, con sus malos ejemplos.

Para que los niños maduren felices la familia necesita, obviamente, además de amor, cierto orden, ciertas rutinas, pautas, hábitos, límites, horarios... Resulta muy perturbador andar discutiendo a cada paso (con agotadoras negociaciones, reproches, gritos, amenazas, castigos) todo lo relativo a  la vida diaria: compras, comidas, sueño, higiene, juegos, quién hará qué, tareas escolares  y demás asuntos domésticos. Las costumbres, las rutinas del entorno, junto con el amor, proporcionan seguridad y orden interno al corazón de los niños; los cuales, más tarde, podrán aportar lo mismo a otras personas y ambientes. O dicho de otro modo, la previsibilidad es indispensable para la maduración. Después, a partir de la adolescencia, ya habrá ocasión de prescindir de los límites ya innecesarios.

Ningún ser vivo (plantas, animales o personas) podemos crecer con salud, ni tampoco convivir, en condiciones de inestabilidad y caos. La Naturaleza entera es más o menos cíclica, pautada, ordenada. Los niños, más que nadie, necesitan lo mismo. Y la única forma de proporcionárselo es dándoles ejemplo. Ofreciéndoles el modelo de unos padres capaces de sustraerse en lo posible al caos ambiental de nuestro tiempo (estrés, hiperactividad, dispersión general) y de aliviar, por supuesto, sus propios "desórdenes" emocionales. Cuando lo consiguen, descubren con sorpresa que ¡todo fue siempre más fácil con sus hijos de lo que pensaban!