De sexo y corazón

A M. L. y A. P., por sus sufrimientos sexuales.

El sexo forma parte de nuestra personalidad. "Dime cómo eres y te diré cómo es tu vida sexual". Y al contrario. No es, como muchos nos dicen, un mero placer, o un simple catálogo de juegos, posturas, frecuencias o incluso modas más o menos divertidas que todos "deberíamos" probar... El sexo es, ante todo, una forma de expresión. Y es una pena que tantísimas personas lo desconozcan o prefieran olvidarlo.

Por debajo de cualquier actividad sexual subyace siempre la necesidad de amor. La necesidad de contacto, de vínculo, de afecto (salvo narcisismos patológicos, que usan el sexo como herramienta de poder, agresión, etc.). Por tanto, cualquier dificultad en estos aspectos repercutirá inmediatamente en nuestra vida sexual, ya sea por defecto o por exceso. A veces limitándonos, apartándonos, incluso renunciando a la actividad sexual; o a veces empujándonos superficial, compulsivamente a ella. En este sentido, la influencia de las modas y el erotismo comercial favorece que el sexo sea para muchos sólo una mera colección de actos físicos más o menos rígidos, efímeros, y casi obligatorios. En el fondo, un lamentable sucedáneo, una vacía defensa contra el amor. Contra la incapacidad de confiar, de amar y de sentirse amadas de millones de personas.

Por eso mucha gente cree, fantasea más bien, que con una "buena vida sexual" sus problemas se arreglarían, sería más feliz. Pero es exactamente al revés: sólo siendo más felices podremos tener mejores vidas sexuales. Y en esto no hay ninguna diferencia entre hombres y mujeres. Sólo cuando superamos razonablemente nuestras neurosis (represiones, miedos, hostilidades, etc.) y nos liberamos también de los terribles prejuicios contra el placer sexual de nuestra civilización, nos apetecerá jugar sexualmente, entregarnos al placer compartido, amarnos a través del cuerpo.

Y es que todos nuestros deseos, fantasías y preferencias sexuales expresan el estado de nuestro corazón. Son un preciso mapa de nuestras carencias, conflictos, traumas, fijaciones... Cuando besamos o practicamos sexo oral revivimos nuestros lejanos vínculos de lactancia con nuestra madre. Cuando acariciamos o nos dejamos acariciar estamos repitiendo el modo en que ella nos acarició o no. Cuando penetramos (hombres) o deseamos ser penetradas (mujeres) estamos expresando nuestro deseo de "volver" por un momento al seno de mamá (o de ser inundadas por ella)... Una vez más, podemos ver cómo la influencia de la buena o mala madre es tan inmensa que también condiciona nuestra sexualidad.

Por todo esto no tiene ningún sentido obsesionarnos con el "sexo". En cierto modo podríamos decir que el sexo no es "nada". Sólo es una de las infinitas consecuencias de nuestra buena o mala infancia. Y por eso, también, es importante entender que si sanamos el corazón, sanamos al mismo tiempo nuestra vida sexual. Pero si seguimos neuróticos, cualquier actividad sexual no será más que una decepcionante farsa que nunca podrá satisfacernos emocional y/o físicamente.