"Soy víctima"

Así es como se presentan últimamente muchas personas, sobre todo mujeres. Soy víctima de un maltratador. Soy víctima de un perverso narcisista. Soy víctima de un psicópata. Soy víctima de la violencia de género... Nunca antes la categoría de "víctima" había sido una especie de tarjeta de presentación, casi una nueva categoría antropológica.

Y es que el mundo, por efecto de algunas corrientes feministas, parece haberse llenado de mujeres víctimas a las que todo tipo de asociaciones y especialistas intentan atender y defender. Se han convertido en las protagonistas de toda clase de denuncias, debates, leyes, presupuestos, libros, webs, blogs, programas de radio y televisión, series, películas... Han inspirado incluso una nueva especialidad psicológica, la "atención y defensa de la víctima". Es una especie de fiebre social, un negocio inmenso. Pero... ¿alguien se preocupa realmente de que las víctimas dejen de serlo? ¿Interesa, pese a todas las proclamas y lamentos, que las víctimas dejen de existir? Yo no consigo verlo.

El indicio principal de ello es que sigue estando muy mal visto señalar las causas emocionales que enganchan a una víctima a una relación destructiva. No se puede hablar de ello. Cualquiera que lo intente será acusado inmediatamente de "culpabilizar" a la víctima o, peor aún, de defender a los agresores. Desde un maniqueísmo increíble, se carga siempre contra los "malos" y se exalta a las "buenas", como si éstas fueran muñecas sin criterio, meros recipientes del daño que cualquiera pueda causarles. Como en las viejas películas de Hollywood, donde sólo hay ángeles y demonios. Y donde los matices emocionales de las personas de carne y hueso no importan.

Pero las víctimas sí son personas de carne y hueso. Y por tanto, tienen deseos, voluntad, capacidad de elección, sentimientos contradictorios, cometen errores, tienen responsabilidades (que pueden asumir o no), acostumbran a tropezar repetidas veces con las mismas piedras... No son muñecas a la deriva. Pero la sociedad -y la propia víctima- sólo se queja, se indigna, llora y describe continua y prolijamente la "terrible cantidad de daños" que sufren a manos de sus maltratadores... Nadie, o casi nadie, se pregunta por qué la víctima aguantó tanto. Por qué perdonó tantas veces. Por qué no denunció o retiró sus denuncias. Por qué volvió una o más veces con el mismo "demonio". Por qué buscó, inconscientemente, otras parejas igualmente tóxicas. Por qué muchas de ellas también maltratan a los malos o a sus propios hijos. Etcétera. Parece que, para la mayoría, los ángeles, las buenas, las muñecas, no tienen ninguna responsabilidad en su propia vida.

En mi opinión, los "salvadores" de estas víctimas, los que negocian con el maltrato de género, etc., lo que hacen, en realidad, es ofender, subestimar, infantilizar a las mujeres. ¿Y no es es eso lo que tanto detestan del Patriarcado? También fomentan el odio entre los seres humanos, favorecen la corrupción de algunas malas mujeres que no dudan en aprovecharse de los privilegios que se les ofrece, y atraen a la causa a las más violentas y patológicas, como forma de desahogo emocional. Por eso el maltrato continúa y nunca se detendrá, si nuestros únicos recursos son la "indignación" y las leyes. ¿Cuándo alguna ley ha mejorado el Mal? Pueden castigarlo una vez cometido, ¡desde luego!, pero no pueden evitarlo, ni prevenirlo. Porque el Mal surge de las relaciones que establecen las personas de carne y hueso. Y todas las relaciones siempre son cosa de dos o más individuos.

El Mal surge de nuestros corazones. Sus semillas son profundamente íntimas, emocionales, inconscientes, y sus frutos no van a desaparecer con leyes, sentencias y órdenes de alejamiento. El Mal pasa de padres a hijos, de adultos a niños, se regenera continuamente, busca siempre nuevas víctimas. Aunque pudiéramos meter a todos los malos/as en la cárcel, el mal sigue ahí dentro. Incluso muchos jueces, abogados y medios de comunicación se dedican a dispersarlo. El Mal anida sin remedio en todos los seres humanos (que no ángeles ni demonios) que han sido desqueridos y violentados. Por eso los dañados/as se buscan entre sí y establecen relaciones destructivas. Y de esas uniones patológicas brotan las "víctimas". En cambio, quienes sí fueron amados/as en su infancia, nunca, jamás, podrían establecer este tipo de relaciones sadomasoquista que tanto alarman.

Quien desee comprender realmente la violencia de género debe entender que todas las víctimas -y todos los agresores- han aprendido el maltrato en algún sitio. Todos han sido violentados con anterioridad, generalmente en su infancia, por sus propias familias. Por eso y sólo por eso, en la vida adulta, repiten los mismos patrones. Porque carecen de autoestima, están llenos de miedos y resentimientos, ignoran qué son los vínculos sanos ("seguros") y, por supuesto, ignoran lo que es amar y ser amados/as con ternura. Los humanos somos, tristemente, seres paradójicos: decimos preocuparnos por los niños y niñas que sufren violencias, pero, cuando crecen, condenamos ciegamente y sin remedio a los primeros por "malvados" y sobreprotegemos a las segundas como supuestas "desvalidas". Es una verdadera locura.

Yo no veo "víctimas". Sólo veo a mujeres a quienes nadie ayuda a conocerse emocionalmente, a concienciar su infancia y sus mecanismos autodestructivos, a mejorar su autoestima, a madurar su personalidad, a aprender a vivir y amar, a responsabilizarse de sí mismas. (Y lo mismo se hace con los maltratadores). Sólo veo que se las anima a llorar, quejarse, odiar, culpar al otro y declararse, una y otra vez, "víctimas" impotentes, niñas incapaces... Con tanta ceguera emocional, lamentablemente nada cambia ni cambiará jamás. Y el sufrimiento de TODOS se incrementa sin cesar, sin que nadie parezca ser capaz de encontrar la salida...

La salida comienza, en mi opinión, cuando abrimos los ojos y descubrimos que detrás de toda "víctima", de todo agresor, hay infancias terribles, personalidades rotas que sólo pueden aliviarse con coraje. Con terapias que ayuden a mujeres y hombres a madurar emocionalmente. Con la prevención infantil mediante el desarrollo de una mejor salud mental en las familias. Con la comprensión de que la dignidad de las mujeres va mucho más allá de lo que puedan "defender" ciertos criterios politico-legales basados en la queja permanente y el odio... Con el entendimiento, en fin, de que todo esto sólo podrá lograrse con mucha más comprensión, amor y paciencia.