¿El inconsciente? ¿Qué es eso?

Es asombrosa la cantidad de personas que vienen a mi consulta exponiéndome su caso en el mismo "lenguaje" que aprendieron en sus anteriores terapias (casi todas cognitivas o conductuales) y, a pesar de haber recibido algunos útiles consejos y haber mejorado en ciertos aspectos, se muestran cansadas por esos síntomas que no logran superar y cuyos motivos siguen sin comprender. Yo les hablo, ya en la primera sesión, de la necesidad de explorar y resolver las causas, los motivos, los conflictos inconscientes que les producen esos síntomas tan dolorosos e incontrolables... Pero casi siempre su respuesta es la misma: esas personas me miran con los ojos abiertos como platos, sin comprenderme, como si les hablara de brujería. ¿El inconsciente? ¿Qué es eso?, parecen preguntarme. Nunca oyeron hablar de algo así en sus terapias anteriores, sino más bien de todo lo contrario, de que hay cosas que uno debe o no debe "hacer" para "ponerse bien", con total independencia de lo que puedan gritar sus corazones, a veces con verdadera desesperación. Yo me apeno por esas personas y me digo: "Dios mío, ¡si está todo por hacer!".

También hay quien afirma "yo no creo en el inconsciente". Como si estuviésemos hablando de extraterrestres o de arcángeles. Pero nuestro inconsciente sí "cree" en nosotros, porque el corazón de todo ser humano está lleno de heridas, emociones, recuerdos y conflictos que, aunque nos hacen la vida imposible, no queremos reconocer y por eso nos centramos sólo en "portarnos" bien y "controlarnos" correctamente. Por eso nuestros síntomas no mejoran.

No es muy difícil deducir que, si ingieres un veneno, tu única salvación será purgarlo, arrojarlo cuanto antes. De nada te servirá minimizar los síntomas, decirte a ti mismo que ya pasará, visualizar bonitos paisajes, sonreír con optimismo esperando que baje la fiebre... Simplemente, o reconoces que has tragado un veneno y lo vomitas, o te mueres. Esto es la terapia psicodinámica. Pero muchas personas intentan convencerse (y convencerme) de que su veneno no es tal: "mis padres me quieren, ellos también lo pasaron mal, no puedo enfadarme con ellos, además están viejos y me necesitan, ya los perdoné hace tiempo, es responsabilidad mía seguir adelante, de qué serviría remover viejos recuerdos, ya no quiero hablar de eso...", etcétera. Y me pregunto en esos casos: "¿Por qué vendrán estas personas a mi terapia? ¿Habrán leído siquiera mi blog?" Muchas de ellas, lamentablemente ¡también se niegan a leerlo!

Esto es, en mi opinión, una consecuencia de lo que durante milenios ha hecho nuestra civilización con las personas maltratadas por sus familias. Primero se ideó un mandamiento, "honrarás a tu madre y tu padre", para conseguir a toda costa la obediencia y el silencio de las víctimas. Después, si su comportamiento resultaba demasiado extraño, se dijo que era debido a "demonios y malos espíritus". Más tarde se los encerró en lúgubres manicomios, con sus duchas frías y electrochoques. Ahora preferimos todo lo que suene a científico, sobre todo si son carísimas y tóxicas pastillas de colores, o pautas de conducta y consejos de pensamiento positivo para "centrar tu atención y hacerte olvidar todas esas cosas raras que te pasan por la cabeza". Y si, a pesar de todo, las víctimas empeoran... ¡qué importa! Tal vez se les conceda una pensión de invalidez para que puedan vivir para siempre con sus "queridos" padres, o al abrigo de alguna institución.

Pero, aunque la mayoría mire hacia otro lado, algunos sabemos que el inconsciente SÍ existe. Y que no es otra cosa que ese lugar en el que guardamos todo lo doloroso que hemos vivido y sentido y que nos hemos ocultado a nosotros mismo. Es ese "sótano" lleno de cosas que te debilitan, que te envenenan, y que son tantas o tan grandes que cada vez te resultan más difíciles de esconder. Por eso sigues teniendo síntomas. Y si quieres dejar de sufrirlos, ¿cómo podrás conseguirlo si no te armas de valor y bajas con la linterna de la consciencia a limpiar ese sótano? Las personas con sótanos bien iluminados, limpios y ventilados no tienen síntomas, ni los necesitan. Saben muy bien por qué les pasa lo que les pasa, y actúan en consecuencia.