La sinceridad

Toda la gente cruel se describe a sí misma como el parangón de la franqueza.
Tennessee Williams

La sinceridad, la capacidad de decirle al otro la verdad, es hermosa. Pero también es peligrosa, está sobrevalorada y es difícil de gestionar. Porque no siempre es bueno ni conveniente decir la verdad, o toda la verdad. La sinceridad es, a veces, un signo de fuerza interior, pero muchas otras veces es un signo de debilidad. Por eso la sinceridad, algo aparentemente tan simple, es un asunto bastante complejo. Debemos, por tanto, aprender a distinguir la sinceridad que surge de la madurez y del amor, de la falsa sinceridad que nace de la inmadurez, del miedo, la culpa o el egoísmo.

Hay personas que afirman ser "muy sinceras". Algunas pretenden compartirlo "todo" con su pareja, o se enorgullecen de confesarle "muy sinceramente" una infidelidad. Otras, en el colmo de la sinceridad, le dicen a una amiga que sufre por sus complejos que "está muy gorda", o que lo suyo "no tiene remedio", o le hablan a cualquiera, sin ser preguntados, de sus problemas emocionales o sexuales o  cuentan con todo lujo de detalles sus sueños. Otras, son incapaces de guardar el más mínimo secreto sobre sí mismas o sobre los demás. Alguna oscilan entre la sinceridad más absoluta y el más completo hermetismo. Y también hay, en  el extremo opuesto, quienes son incapaces de decir la más mínima verdad, callando o mintiendo continuamente...

¿Y qué tienen en común todas estas personas? Que gestionan sus "verdades" sin tener en cuenta las necesidades de la otra persona... ni las suyas propias. Es decir, les cuesta autocontenerse, percibir el riesgo de dañar al otro, incluso la posibilidad de perjudicarse a sí mismo o empeorar las cosas. También idealizan y hacen de la sinceridad un dogma absoluto e inflexible. Lo que no saben es que esto las conduce, demasiado a menudo, a ser irrespetuosas, imprudentes, incluso crueles en nombre de la "sinceridad". Y es que las cosas no funcionan así.

La sinceridad no es más que nuestra capacidad de expresar lo que sabemos, sentimos o pensamos. Es, de algún modo, como desnudarnos parcial o totalmente. Pero una persona madura no se desnuda ante cualquiera, ni en cualquier sitio o circunstancia. Sólo se desnuda en los momentos, lugares y con las personas apropiadas. Y sólo ante las personas que sentimos que merecen nuestra confianza, y siempre sin faltarles al respeto ni a ellas ni a nosotros mismos. Es decir, la sinceridad es una cuestión de empatía, de prudencia, de dosificación, de dignidad, de amor.

Porque la verdadera sinceridad no es un puñal con el que agredir a los demás. Tampoco es incontinencia verbal o incapacidad de reserva. Las personas "hipersinceras" suelen ser, en realidad y lamentablemente, personas débiles, con un yo muy inseguro, incapaces de soportar tanto sus tensiones internas como las presiones del exterior. Son como células con una membrana demasiado fina. La sinceridad madura es, en cambio, una cuestión de fuerza interior. De autoestima. De consciencia. De empatía. Y es que sólo desde ahí podremos decidir en cada caso y con sabiduría lo sinceros que queremos ser por el bien del otro y de nosotros mismos.

Podemos afirmar, por tanto, que esta moda actual de la "sinceridad absoluta" es, en definitiva, otra mentira más de esta sociedad neurótica en la que vivimos.