El problema de los límites

Si observamos con atención, podemos ver que muchos adultos, cuando se despiden de un niño dejándolo en manos de otro cuidador (un familiar, un profesor, un monitor en una excursión, etc.), muy frecuentemente lo hacen con frases tipo: "¡Pórtate bien! ¡Sé bueno! ¡No hagas de las tuyas! ¡Que no me entere yo que...!, y otras advertencias parecidas. No es fácil oír, en cambio, cosas como "¡hasta pronto, que lo pases bien, diviértete, te echaremos de menos!", etc. Esta es una prueba más de que la cultura de la DOMA prevalece sobre la cultura del AMOR. Y al hablar de doma de lo que estamos hablando es, naturalmente, de límites. Del viejo y constante problema de los adultos respecto a la supuesta e imperiosa necesidad de "poner límites" a los niños.

Es cierto, como todos sabemos, que los límites (las normas, la contención, lo permitido y lo desautorizado) son indispensables para convivir en  sociedad, en pareja, en familia... Que son indispensables en los niños y también en los adultos. El problema es que muchos padres, sin cuestionar mínimamente su trato, sus actitudes, sus afectos, su falta de atención hacia sus hijos, quieren "solucionarlo" todo a base de límites. Quieren "resolver" con estrategias, prohibiciones, premios y castigos (recordemos los insoportables casos que aparecían en "La Supernanny" o "Hermano mayor"), las consecuencias de su mala crianza.

¿Qué sucede cuando unos padres frágiles, que no fueron amados en su infancia, se sienten superados y exhaustos por las continuas demandas prácticas y emocionales de su hijo? ¿Qué pasa cuando, pese a sus buenas intenciones,  lo cuidan cada vez con más desgana, lo desatienden, lo ignoran inconscientemente, lo frustran y castigan a menudo porque lo viven como una insoportable molestia? Sucede que el niño se angustia, se desespera, llora más, grita más, se mueve sin parar, alborota más... Y entonces esos padres neuróticos, incapaces de entender lo que está ocurriendo, se enfadan, culpan al niño de todo, se sienten "manipulados" por él, creen que sólo quiere ser el "centro de atención"... Y para frenarlo aplican entonces sus famosos límites correctores: "¡Cállate! ¡Estate quieto! ¡No vuelvas a hacer eso! ¡Si no te portas bien no saldrás con tus amigos! ¡Castigado sin móvil! ¡Métete en tu habitación hasta que yo te diga!", etc., etc. Repiten sin saberlo lo que sus propios padres hicieron con ellos: no comprender el hambre del hijo... ¡y castigarlo quitándole aún más comida!

Pero lo cierto es que, cuando los niños (como los adultos, los animales y las plantas) reciben la atención y los cuidados que necesitan, su comportamiento tiende a regularizarse casi de inmediato. Dejan de sufrir ansiedades, temores y enfados. Ya no necesitan reclamar, protestar, desfogarse de un modo u otro. Simplemente se tranquilizan e, inesperadamente para los padres (que no han usado ningún "método" especial para conseguirlo), tienden a resultar mucho más serenos, pacíficos y dóciles. ¡Empiezan a "portarse bien"! ¿Por qué? Porque el amor, como la música, alimenta el corazón y calma incluso a las "fieras".

Por eso sería importante que todos los padres y adultos responsables de niños pudieran recordar algunas ideas:

  1. El exceso de límites es siempre la expresión de un fracaso en la crianza. Son un parche de violencias que intenta corregir (y esconder) las secuelas de los vínculos defectuosos. Donde hay demasiado dominio e imposiciones no hay amor.
     
  2. Cuando entendemos y atendemos adecuadamente a los críos, la armonía surge espontáneamente. Los niños tienden a incorporar por imitación, gratitud y miedo al rechazo los hábitos y normas familiares, sin necesidad de imponérselas por la fuerza.
     
  3. Desde el amor y la empatía, los padres pueden -y deben- plantear cualquier límite necesario, siempre sin miedos ni sentimientos de culpa por ejercer su sana, legítima y afectuosa autoridad.
     
  4. En caso de conflicto, nunca habrá que centrar la atención en las normas y conductas, sino en las circunstancias de cada caso y su trasfondo emocional. Sólo así podrá entenderse y resolverse el problema sin necesidad de ninguna violencia.

Si todas las personas, previa comprensión de cómo fuimos tratados por nuestros padres, pudiésemos aliviar nuestras heridas, dejaríamos de sentirnos permanentemente defraudados, utilizados, manipulados, retados por los niños. Entenderíamos de una vez por todas que los hijos no son "cosas molestas", sino seres humanos necesitados de nuestro amor, respeto y empatía. Podríamos disfrutar con ellos y muchas familias dejarían de ser esos tristes cuarteles militares sometidos a estrictos horarios, normas, gritos y castigos... Y la sociedad del AMOR triunfaría sobre la sociedad de la DOMA.