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miércoles, 6 de septiembre de 2017

El show del odio

En relación al alboroto mediático y en las redes sociales sobre el caso de Juana Rivas, desconozco por completo quién es ella. También desconozco quién es Francesco Arcuri. Son dos perfectos extraños para mí. Y me parece que son exactamente igual de desconocidos para las legiones de mujeres que se posicionan a favor de la primera (sólo porque es mujer y madre)  y en contra del segundo (sólo porque es hombre y ha sido "denunciado" por supuestos "malos tratos"). O al revés. Y tampoco saben nada de ellos las feministas, los defensores de los hombres, los políticos,  los psicólogos, abogados y resto de personas que se permiten el lujo de opinar, diagnosticar, sentenciar, insultar, convocar manifestaciones, pedir dinero para que ella pueda viajar a Italia, etc.

En realidad, ni Juana ni Francesco nacieron el día en el que aparecieron en los medios de comunicación. Ambos tienen una historia, una familia, fueron niños, fueron jóvenes, estudiaron, trabajaron, tuvieron otras relaciones, tuvieron alegrías, tuvieron problemas, tuvieron hijos, tuvieron (como todas las parejas) mil conflictos íntimos... Pero nadie conoce ninguno de estos hechos. A pesar de lo cual, o precisamente gracias a tantísima ignorancia, el aquelarre mediático de miles de fisgones "a favor" o "en contra" no cesa. Es, para muchos, un culebrón excitante.

Pero seamos claros: Juana, Francesco y sus hijos, en realidad, no les importan a nadie. Son sólo una excusa para que multitud de mujeres y algunos hombres  que no han querido o podido enfrentar su neurosis, se identifiquen con alguno de esos personajes y utilicen las redes sociales, o salgan a la calle, para regurgitar en nombre de sus ideologías su odio, su rencor contra el otro sexo. La  multitud de "defensoras" de Juana no defienden a Juana, se defienden a sí mismas, y odian a los hombres. Los pocos "defensores" de Francesco no defienden a Francesco, se defienden a sí mismos, y odian a las mujeres. Ambos grupos son, evidente y lamentablemente, abanderados del odio.

Pero lo cierto es, como todos sabemos, que cuando una pareja se rompe nadie sabe exactamente (¡y a veces ni siquiera los propios protagonistas!) los motivos de esa ruptura. Son dos personas, dos vivencias, dos neurosis, dos versiones totalmente distintas de un mismo suceso traumático y confuso. Lo único que puede hacerse en estos casos es escuchar a ambas partes, y acompañarlas legal y psicológicamente para que la resolución del proceso pueda ser lo más breve, justa e indolora posible. Para ellos y, sobre todo, para sus hijos. Pero conseguirlo sólo está al alcance de abogados, psicólogos, mediadores y jueces no ideologizados, dotados además de la suficiente madurez y honestidad como para no aprovecharse de la indefensión de sus clientes utilizándolos como meros vomitorios de sus  rencores y banderas. De otro modo, sólo se contribuye a que las relaciones entre mujeres y hombres se conviertan, cada día más, en verdaderos infiernos.

Ojalá, en fin, Juana, Francesco y sus hijos encuentren algún ser humano sensible, lúcido y decente que quiera y pueda ayudarlos de verdad.

1 comentario :

  1. "Juana, Francesco y sus hijos, en realidad, no les importan a nadie".
    Verdad verdadera.
    Y las personas que con tanta "pasión" defienden a cada una de las partes, (tal y como señala Olga), no son más que personas que vuelcan sus dolores no resueltos en una historia que reconocen como propia.

    Las relaciones de parejas son muy complejas. Cada uno de nosotros trae consigo sus fantasmas.
    Cada minuto, cada forma de mirar, estar, responder, encontrarse con la otra persona, violentarla, acompañarla, respetarla, es un tejido diario.
    No hay muy buenos y muy malos. Lo malo es generalizar. Creer dar apoyo cuando lo que se hace es crear un libreto en el que los papeles están repartidos (tu el maltratador y tu la víctima), y de esta manera se crea odio, no se llega jamás a comprender la raíz de todo esto.

    ¿Cómo habrán sido las infancias de estas personas? ¿Qué esperaban realmente el uno del otro cuando se conocieron?¿Cómo eran sus tonos de voz al hablarse, cómo se miraban, en definitiva cómo se relacionaban?

    Quizás si se hiciese una elección más consciente, desde el conocimiento de las propias carencias, si las personas no estuvieran tan dañadas no elegirían parejas que reclaman lo que no obtuvieron en la infancia o que vuelcan toda su ira contenida en sus parejas, no reconociendo al otro.
    Quizás su hicieran terapia para encontrar sus verdaderos estallidos.

    Cada pareja son dos mundos, cada una de las personas que forman la pareja traen consigo su propio universo de creencias, emociones, expectativas y formas de relacionarse (ya tuvieron los primeros modelos de relación: sus padres).

    En la historia de personas con malos tratos aparecen historias generacionales con más víctimas y maltratadores. Y también infancias maltratadas.
    Así que no es de extrañar que haya personas que no puedan reconocer el maltratado o adopten roles para ser rescatados (en el caso de las víctimas).


    Cuando se trate con la misma contundencia la violencia infantil, dejarán de existir Juanas y Francescos. Mulos de carga de las neurosis no resueltas de otras personas. Personas que no quieren mirar de frente su dolor no resuelto y aprovechan el de otros para aliviar un poco sus pesadas cargas.

    Gracias Olga por dar otra visión diferente al demagógico discurso que paseaba por los diferentes medios.
    Escuchado uno, escuchado todos.
    VVVV

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