Odio al odio

Al principio de las terapias, es habitual que algunos de mis pacientes se muestren resistentes, "alérgicos" al odio que sienten hacia determinados familiares supuestamente queridos, y se sienten molestos (o enfadados) cuando se lo pregunto o señalo, o cuando ellos mismos lo descubren en los tests que realizamos. Algunos no contestan a ciertas preguntas, o cambian el concepto de "odio" por el de "no me gusta", y casi todos se apresuran a aclarar que ellos no odian a nadie y mucho menos a su familia, pareja o hijos, porque "el amor y el odio son incompatibles". Así son las defensas psicológicas de los individuos... y los mitos de la cultura occidental.

Nuestra sociedad, basada en profundísimos prejuicios judeocristianos, considera no sólo que odiar es "malo", sino que cualquier actitud que no sea "amorosa, fuerte y alegre" es despreciable y/o patológica. Por eso infinidad de personas y famosillos televisivos o interneteros profieren frases tan narcisistas, absurdas y culpabilizadoras como éstas:

  • "El odio es un sentimiento que no conozco"
  • "Yo no odio. Odiar es darle al otro demasiada importancia".
  •  "Odiar es una pérdida de tiempo y desgasta muchísimo".
  • "Odiar es para los flojos".
  • Etc.

O sea que, para la mayoría, hay una indudable dualidad emocional, hay sentimientos "buenos" y sentimientos "malos". Cosas buenas que "debes" sentir (o al menos fingir que sientes), y cosas malas que debes ocultarte incluso a ti mismo para no creerte y/o ser considerado por los demás como un enfermo. Vivimos en una gigantesca FARSA global y por ello nos vemos obligados a repetimos hipnóticamente que "odiar-es malo", que "hay-que-ser-bueno", que "debemos-perdonar", etc., etc., para no sentirnos excluidos del rebaño. Sin embargo, nada de todo esto impide que la realidad sea exactamente la contraria. De hecho, es precisamente para negar y maquillar este horror, para lo que se hipnotiza a la gente contra el odio omnipresente.

El mundo entero nos demuestra a diario, cada minuto, cada segundo de nuestras vidas, que el odio y la violencia están por todas partes. En la política, en el deporte, en las escuelas, entre mujeres y hombres, entre homosexuales, entre padres e hijos, entre hermanos, entre vecinos, entre competidores de cualquier tipo, entre colectivos, entre razas... En el cine, la televisión, los concursos, las tertulias, los debates políticos, las redes sociales, etc., el odio no sólo aparece sin descanso, sino que es cultivado, fomentado, explotado sistemáticamente. El odio es un negocio global, una forma de control y división social y política y, por supuesto, un entretenimiento catártico para demasiada gente que proyecta su malestar en el "pan y circo". Lo que no saben es que todo esto es promovido por los mismos que después nos dicen que "odiar es malo"... ¿Cómo podemos estar tan ciegos, ser tan ingenuos o inmaduros?

El odio es una emoción tan profundamente legítima y natural como el amor. De hecho, ambos son las dos caras de una misma moneda y conviven en igualdad de condiciones, nos guste o no, en nuestro corazón. No podemos amar a una persona sin también odiarla por determinadas razones. No podemos odiarla sin también amarla ocultamente, inconscientemente... Porque amor y odio son interdependientes, se retroalimentan como el yin y el yang, por mucho que, como las caras de la luna, sólo acostumbramos a ver una de ellas. Para descubrir la otra cara (generalmente la hostil), deberemos viajar a ella.  Y para ello sirven precisamente las psicoterapias profundas.

¿Y por qué tendríamos que viajar al "lado oscuro" de nosotros mismos,  ese que está PROHIBIDO por la civilización? Muy sencillo: porque, sin tal viaje, no hay sanación posible. No hay maduración ni crecimiento personal. ¿Cómo cualquier persona apaleada por su familia, por la escuela, por sus parejas, por la sociedad, podría curarse si sus gritos, sus quejas, sus lágrimas, su furia son amordazadas continuamente por sus "salvadores", ¡esos mismos que la hipnotizan continuamente con mantras de "amor" y "perdón"!? (De hecho, si quieres identificar a un "salvador" que en realidad sólo es  verdugo, no tienes más que contabilizar el número de veces que repite la palabra "amor").

Sí, el amor y el odio existen juntos dentro de TODOS nosotros. Son hermanos y deberíamos aceptar y reconciliarnos de una vez por todas con ambos. En psicoterapia, la curación no llega ocultando o embelleciendo sentimientos, secretos y cosas supuestamente "malas" (como el odio, la rabia, el desprecio, el rencor, la vergüenza, la tristeza, etc.), sino, al revés, destapando todo eso, levantando la alfombra, desatascando el alma... Alentando a la persona a expresar todo aquello que se ocultó a sí misma durante años para sobrevivir psíquicamente, al precio -eso sí- de dolorosos síntomas neuróticos.  Porque, muy al contrario de lo que predican muchos "iluminados", expresar el odio no lo aumenta, sino que lo exorciza. Y sólo así, aligerándonos de esta antigua y pesadísima carga (y del tremendo esfuerzo que nos conlleva ocultarla), podremos, por primera vez en nuestras vidas, explorar y potenciar los aspectos más bellos, sanos, creativos y amorosos de nosotros mismos, de los demás y del mundo.

No hay otra manera. Ni nunca la habrá.