Culpar a los demás

Hace algunos años, un anuncio de televisión mostraba a varios niños sentados en una mesita ante una caja de rosquillas prohibidas. Uno de ellos se comía traviesamente (ante el pasmo y la risa de los demás) uno de esos dulces y, al volver el adulto que les había dicho explícitamente que no se los comieran, el rebelde acusaba inmediatamente a otra niña: "¡Ha sido ella!" Es la defensa psicológica más antigua y generalizada del ser humano. "¡Yo no he sido"! Esta es la base de innumerables trastornos psicológicos, de pareja y sociales. "El culpable eres tú, el otro, los demás". ¿Pero nosotros tenemos  alguna parte de responsabilidad en nuestros problemas? ¡No! ¡Nunca! ¿Por qué tantas personas son así?

En nuestro desarrollo psicoafectivo ya desde bebés, una de las primeras defensas que adquirimos  contra el dolor y la culpa es la acusación. Porque si YO no puedo soportar algo, si no consigo dejar de sentirlo (reprimirlo) exitosamente, la prioridad más urgente es entonces negarlo, expulsar fuera de mí ese dolor, sentir que ese malestar no es mío. Y si no es mío, ¿de quién puede ser? Pues tuyo, de alguien, de quien sea. De cualquiera que esté a mi alcance. Y si no existe... también puedo inventármelo.

Por ejemplo, puedo acusar  a Dios, que me castiga. O al demonio, que me atormenta. O a mi pareja, que es egoísta y no me entiende. O a los políticos, que todos son decepcionantes y corruptos. O los genes, que todo lo "controlan". O a ciertas invisibles "energías", que me poseen, etc. A cualquier cosa imaginable, excepto a mi propia parte (o a veces totalidad) de responsabilidad en aquello que me está doliendo. En psicología llamamos a todo esto proyección. Es decir, expulsión de nuestro dolor contra los demás. Es la psicodinámica característica de todos los procesos  paranoicos.

Cuanto más infantiles y narcisistas somos, más paranoicos somos. Cuanto más hemos sufrido en la infancia y más débil es por tanto nuestra personalidad (sólo habría podido fortalecerse en una familia amorosa), más acusadores nos volvemos. Porque estamos tan heridos que no soportamos ni un solo golpe más, por pequeño que sea. Y para defendernos, ponemos preventivamente nuestro "ventilador" de acusaciones. Culpamos a todo el mundo de  lo que nos ocurre, incluso de nuestros propios errores. Lo hacemos inconscientemente o incluso también dándonos cuenta. Pero lo cierto es que esta paranoia permanente, que sí nos fue útil para sobrevivir en la infancia, se convierte en una coraza que nos impide asumir nuestras responsabilidades, desarrollar autoconciencia, autocrítica, ambas cosas imprescindibles para solucionar nuestros problemas.

Por ejemplo, en vez de atacar una y otra vez a tu pareja, ¿por qué no asumes, poco a poco, tus miedos y te separas de ella? En vez de despreciar al otro sexo, ¿por qué no eliges mejor a tus parejas o resuelves los rencores de tu personalidad? En vez de odiar a tus opositores políticos o ideológicos, ¿por qué no admites tus propios egoísmos y corruptelas? En lugar de echar la culpa a cosas invisibles (dioses, genes, neuronas, enemigos, mala suerte, Murphy, incluso a tu penosa infancia que no quieres trabajar), ¿por qué no te concentras en ti, en crecer, en hacer con tu vida lo mejor que puedas?

Los yoes débiles (maltratados, desamados e inmaduros) proyectan, acusan, vomitan sobre los demás porque no pueden soportar las cargas de la vida, los conflictos de cualquier relación, ni siquiera los suyos propios, y tampoco pueden aprender y prever las consecuencias de sus actos. Sólo pueden ¡lamentablemente! defenderse. Los yoes fuertes (personas amadas y maduras, con terapia o sin ella), en cambio, conciencian, comprenden, asumen, se responsabilizan, solucionan sus problemas sin acusaciones ni victimismos. Sin paranoias. Saben que sólo atreviéndose a mirar en su interior, afrontando su propia sombra, lograrán ser más felices.