Los vínculos son la clave

Casi todos los problemas emocionales que conocemos (ansiedad, miedos, tristezas, inestabilidad, adicciones, problemas alimenticios, de personalidad, etc.) podemos verlos, en mi opinión y si los analizamos a fondo, como expresiones de ciertos trastornos más profundos y determinantes, que podríamos llamar trastornos del vínculo. En los seres humanos, como mamíferos que somos, todo lo bueno y todo lo malo nos llega siempre desde el exterior y sólo podemos incorporarlo a través de los lazos psicoafectivos que establecemos primero con nuestros padres y, posteriormente,  con otras personas de nuestro entorno más íntimo. Ahora bien, ¿qué sucede si dichos lazos están dañados?

En la crianza, la amistad, la pareja, las relaciones sociales, la psicoterapia, todo depende del establecimiento o no de dichos vínculos. Podríamos decir que un lazo sano es como un teléfono: nos permite dar informaciones (es decir, expresarnos, comunicarnos) y recibirlas de otros (escuchar, interiorizar, aprender), lo que nos ayuda a sentirnos integrados en la sociedad y con nosotros mismos. Pero nuestro "teléfono" puede tener el micrófono y/o el altavoz "averiados". Por ejemplo, al micrófono roto lo llamamos bloqueos, represiones. Al auricular que no funciona lo llamamos defensas, narcisismos... Y la "batería" que alimenta nuestro "aparato" se llama confianza... Etc. Por eso, cuando nuestro teléfono no funciona bien en cualquier sentido,  nuestras relaciones se alteran seriamente y comienza el dolor, la soledad y, en consecuencia, los síntomas neuróticos.

Hay personas que sólo pueden hablar. Hay personas que sólo logran escuchar. Hay personas que temen o se enfadan por cualquier cosa que se les dice. Hay personas que no saben lo que sienten, que no saben qué decir, o no se atreven a ello. Hay personas que no quieren hablar ni escuchar a nadie. Hay personas que sólo se miran y se escuchan a sí mismas. Hay personas que desconfían de todo el mundo. Hay personas que sólo quieren estar solas... Todas estas formas de ser las aprendieron, naturalmente, a fuerza de carencias, disgustos, malos tratos y represiones en la infancia y/o en su vida posterior. Porque todos  sabemos que cuando manejamos con descuido cualquier ser (animal, planta, persona o... "teléfono") acabamos "rompiéndolo".

En psicoterapia tratamos de "reparar teléfonos" rotos. Restaurar, en la medida de lo posible, la confianza de las personas en sí mismas y en los demás. Su capacidad de expresarse, de abrirse, de relacionarse con la vida. Y en la medida en que esto se logra, las personas recuperan su capacidad de sentirse valiosos y amados. De amar. Otras veces, en los casos más graves, lamentablemente es muy poco lo que se puede hacer. Pero, a pesar de todo, siempre vale la pena intentarlo, porque la buena vida es como los bosques: un grandísimo espacio de comunicaciones e interacciones psicoafectivas en el que todos dan, todos reciben y, por eso, todos crecen.