Honrarás a tus maltratadores

"Honra a tu padre y a tu madre, como Jehová tu Dios te ha mandado,
para que sean prolongados tus días,
y para que te vaya bien
sobre la tierra que Jehová tu Dios te da."
Deuteronomio, 5:16
 

La familia no es sólo el grupo humano en el que nacemos y nos desarrollamos. La familia es una alianza que proporciona, o debería proporcionar, amparo emocional, social y económico a todos sus miembros. Y es, ante todo, el núcleo sociopolítico de muchas civilizaciones que siempre será defendido por el poder. Debido a ello y para que no lo olvidemos existen el Cuarto Mandamiento, el Día de la Madre, el Día del Padre, las navidades, las leyes... Nuestro código civil español, por ejemplo, en su artículo 142 y siguientes, regula la obligación de proporcionar alimentos, habitación, vestido, asistencia médica y educación no sólo a los cónyuges e hijos, sino también a los hermanos en casos de extrema necesidad y a los padres, pudiendo ser tales obligaciones reclamadas judicialmente. Dichas leyes no tienen en cuenta, en principio, lo que sucede o sucedió en cada casa y en cada corazón.

Porque, por ejemplo ¿qué sucede cuando una familia es patológica? ¿Qué ocurre cuando uno de sus miembros es víctima de un continuo maltrato visible o invisible? ¿Qué pasa cuando ese miembro, después de años de ser el chivo familiar, desarrolla severos trastornos neuróticos? ¿Y cuando, harto de necesitar ser respetado, querido, escuchado, sólo sigue obteniendo más y más indiferencia, rechazo, vejaciones, dominio? ¿Y si, perdida finalmente toda esperanza, se atreve por fin a alejarse de sus maltratadores...? Lo que ocurrirá será el inicio de un nuevo calvario.

Mucha gente piensa equivocadamente que, tras ese "portazo" emocional, todo se arregla. Que "muerto el perro, se acabó la rabia". Que quien se aleja de la familia tóxica olvida pronto y empieza a disfrutar de la vida. Que los que sufren de verdad son los padres "abandonados", que no logran procesar su duelo porque "no entienden" lo que está ocurriendo y se "desesperan" con la "intolerable" conducta del huido, etc... Por supuesto, dicho "dolor" no se debe al distanciamiento del hijo, sino a la pérdida de su control neurótico sobre él. Pues de lo que se trata es de invertir la realidad para justificarse: culpar a la víctima para que se salven los verdugos.

Pero el maltratado, lejos de descansar tras adoptar la dificilísima decisión de alejarse de sus maltratadores, a menudo continúa sufriendo. Y mucho. Para empezar, nadie suele entenderlo. Se topará con la indiferencia o las críticas de sus hermanos u otros parientes, su pareja, sus hijos, sus amigos y, lo que es más grave, de muchos psicólogos moralistas que lo conminarán a "comprender y perdonar" a su familia. Casi nadie parece dispuesto a entender que la ruptura está muy lejos de ser un capricho, sino el resultado de un largo y durísimo proceso emocional (con terapia o sin ella) que, tras grandes sufrimientos y con gran coraje, la víctima ha tenido que realizar para lograr su supervivencia psíquica. ¿Quién, si no, se alejaría de su familia? ¿Cómo un torturado podría dejar de serlo junto a sus torturadores diarios?

Algunos parientes inician a veces una cruel persecución contra el disidente. Llamadas, presiones, chantajes emocionales, insultos, amenazas, acusaciones sin límites y, en algunos casos, incluso denuncias (p. ej., pleitos de los abuelos exigiendo ver a sus nietos). En general, pocos o ningún miembro de la familia defenderá al huido o será capaz de respetar su decisión. Por eso, enfrentarse a los maltratadores suele significar, de hecho, perder a todos los aliados. Renunciar a toda pertenencia o ayuda emocional, económica o práctica por parte de la familia. Quedarse completamente solo. El desamparo.

Esta carga es muy larga y pesada para una persona maltratada y, por tanto, muy debilitada emocionalmente. Con cada nuevo contacto, con cada nueva persecución, con cada nueva ofensa y chantaje, se reabren una y otra vez sus heridas. Aunque el recién liberado siente un cierto alivio por la distancia que ha puesto con sus verdugos, durante mucho tiempo seguirá padeciendo un profundo malestar donde se mezclarán el miedo, el odio, la tristeza, la culpa y las dudas: "¿estaré haciendo bien? ¿Me estaré equivocando? ¿Serán falsos mis recuerdos? ¿Estaré siendo cruel e injusto con mis padres...?". La mayoría de estas víctimas necesitarán todo el apoyo y afecto que puedan lograr de sus personas de confianza (¡si las tienen!) para ir sintiéndose cada vez más seguras de sí mismas.

En general, pese a la distancia y el tiempo, las heridas del maltratado nunca cerrarán del todo. Ni siquiera cuando sus maltratadores mueran se librará la víctima de sus huellas tóxicas, grabadas a fuego en su corazón, su personalidad, sus síntomas neuróticos. A pesar de toda su consciencia y valentía, no logrará evitar a lo largo de la vida ciertas "recaídas" emocionales (tristeza, odio, cansancio, vacío, soledad...). En ocasiones, le asaltará la fantasía de regresar con su familia (como en los anuncios de Navidad), deseando por fin descansar... Pero, si lo hace, será desgraciadamente para comprobar que nada ha cambiado ni cambiará nunca.

Vemos, pues, que pese a lo que digan ciertas noticias, artículos o sabidurías de Facebook y otros medios de comunicación, los "malos hijos" no son esos locos, esos perfectos sinvergüenzas que "abandonan a sus pobres padres" por egoísmo, capricho, irresponsabilidad o maldad. Son, muy al contrario, personas desesperadas que lo intentaron todo, sin éxito, para ser respetadas y queridas, hasta que, para salvarse de la locura y con enorme coraje, no tuvieron más remedio que rendirse y huir. No es posible en las familias tóxicas ningún diálogo, ninguna reparación. Todos odian al chivo expiatorio que entre todos fabricaron y que ha conseguido escapar. De modo que éste no sólo debe luchar heroicamente contra una familia a la que ha dejado de pertenecer, sino contra toda la cómplice oposición social, que no comprende ni perdona a ningún rebelde.

Algunos fugitivos lograrán madurar lo suficiente y rehacer sus vidas. Pero la mayoría echarán de menos para siempre a los padres amorosos que jamás tuvieron.