El secreto de la autoestima

La valoración que hacemos de nosotros mismos -la autoestima- no surge de la nada. No es algo que podamos construir al margen de las experiencias vividas. Y tampoco es algo que, como afirman tantos enfoques psicológicos y libros de autoayuda, sea fácilmente moldeable a base de frases positivas y fuerza de voluntad. No. La autoestima es el fruto directo del trato familiar y social que hemos recibido a lo largo de nuestra vida. Son las palabras, los gestos, las opiniones, las actitudes, los sentimientos conscientes e inconscientes hacia nosotros que hemos visto en la mirada de nuestros padres, parientes, profesores, amigos, parejas, jefes, vecinos, etc., y que hemos ido acumulando durante décadas en el corazón. Por eso creemos ser como nos han dicho que somos. Y buscamos siempre lo que nos han dicho que merecemos.

Las biografías de muchísimos triunfadores  así lo demuestran. Muy a menudo, fueron personas que recibieron siempre el apoyo de sus seres queridos, que creyeron en ellas, les transmitieron seguridad, confianza en sí mismas, amor propio. Por eso los triunfadores pudieron luchar a fondo por sus deseos y, logrando muchos de ellos, su autoestima se retroalimentó. Y así sucesivamente. En cambio, cuando nadie nos apreció ni apoyó lo suficiente y nuestro corazón se siente por ello demasiado débil e incapaz, ¿cómo podremos llegar demasiado lejos?

Conozco, por ejemplo, a una chica inteligente, atractiva y valiosa que siempre, después de visitar a sus padres, necesita  ducharse, "limpiarse" de lo que allí ha vivido. Y, pese a ello, durante varias semanas todavía no puede soportarse a sí misma: se siente fea, gorda, estúpida, miserable... Se siente como sus padres, desde su neurosis personal, la vieron siempre. Y es tan profunda la huella de cada encuentro que, aun cuando en las siguientes sesiones le señalo sus cualidades, valores, etc., la chica no puede creerme. Y me dice: "esto se lo dices a todos tus pacientes". "Es un truco terapéutico". "Te agradezco que intentes animarme pero no me sirve..." Etc.

No obstante, poco a poco, homeopáticamente, la mirada afectuosa del terapeuta vuelve a ir calando en el corazón de los pacientes. Pero es preciso señalarles una y otra vez sus cualidades, su fuerza, sus talentos, todos los aspectos valiosos que el terapeuta va descubriendo claramente en la persona, pero que a ésta le fue negado, despreciado, ignorado patológicamente por sus seres queridos. Obsérvese que señalo que se trata de la "mirada afectuosa" del terapeuta y no de la mera "concienciación" de los propios valores. De hecho, sin tal mirada no puede haber curación duradera. Por eso los impersonales libros de autoayuda no sirven. Los autochequeos positivos, no sirven. Y ni siquiera bastará la mejor psicoterapia mientras el paciente siga viviendo en un entorno familiar y/o social lleno de desprecios, o si la persona permanece socialmente aislada, o gravemente frustrada. Para asegurar la autoestima es indispensable que aprendamos a relacionarnos con personas positivas y afectuosas, y alejarnos en cambio de las más narcisistas y/o dañinas para nuestra personalidad.  

Y es que los daños causados por las miradas castradoras de un entorno neurótico sólo pueden repararse (al menos parcialmente) con la mirada afectuosa de otro entorno más sano y empático. Sin amor no hay autoestima. Y pretender otra cosa es, aunque muchos afirmen lo contrario, dar palos de ciego.