Miedo al abandono

El miedo al abandono es un síntoma muy frecuente de muchos trastornos neuróticos. Su origen es el abandono emocional temprano, que provoca en el niño una sensación de desprotección que puede marcar toda su existencia. Esto es así porque, al nacer, los seres humanos somos extremadamente dependientes. Necesitamos de nuestros cuidadores para sobrevivir, para obtener esa seguridad interior capaz de prevenir ese "terror oral" (de bebés asustados) que tantos adultos nunca lograrán superar. Por eso, siempre que nuestra madre en primer lugar, y luego nuestro padre, no nos cuidaron, no nos atendieron bien, no nos confortaron, no se acercaron lo suficiente (por depresión, adicciones, conflictos sentimentales, trabajo, mala crianza, familia desestructurada, trastornos neuróticos, etc.), nos sentiremos inevitablemente  abandonados. Creceremos inmersos en un sentimiento de desamparo que reviviremos una y otra vez en  todas nuestras relaciones. 

Una persona con miedo al abandono tiende a no sentirse a sí misma, no expresarse, no saber quién es ni qué quiere. Está siempre tensa, atenta a lo que los demás desean, lo que necesitan, para complacerlos y así conseguir algunas migajas de amor. Hará cualquier cosa para  que el otro no se vaya,  para ser necesitado; estará dispuesto a hacer, decir, vivir como el otro quiera. Desde su terrible temor, nunca se expresa para que los demás no se molesten, no se enfaden, no se asusten, y procura ser siempre correcto, educado, agradable... Tiende a dar en exceso, a mostrarse demasiado complaciente y servicial... Y, cuando detecta en el otro el menor signo de cansancio, o un deseo abierto de alejarse, entonces su desesperación se convierte de repente en ira. Estalla en forma de intensos reproches, le "pasa factura" por sus enormes sacrificios, o incluso rompe la relación antes que sufrir el dolor de ser abandonado.

Lo más triste de todo es que, a menudo, las personas con miedo al abandono, repitiendo el patrón familiar que sufrieron, eligen inconscientemente a personas que también tenderán a abandonarlas. Por eso su vida es una continua sucesión de dolorosas rupturas, y una huida permanente de la soledad.  

Un ejemplo del miedo al abandono lo encontramos en esa canción de amor, "Ne me quitte pas", de Jacques Brel, considerada una de las más bellas que se han escrito. Y, sin embargo, en mi opinión, es la declaración de una persona profundamente incapaz de sostener un verdadera relación  amorosa.

En mi artículo "Amor y amistad", vimos que el amor es una experiencia personal que consiste en sentirnos vinculados, confiados, compartiendo con alguien una serie de rasgos y necesidades que nos permite a ambos ayudarnos, cuidarnos,  crecer juntos. Si esto es así, ¿será el miedo una buena base para ello? ¿Podrá confiar, vincularse, compartir, cuidar, etc., una persona asustada que, como antes decíamos, renuncia a sí misma hasta el límite para no ser abandonada? Evidentemente, no. Sólo podrá establecer relaciones de dependencia.

La dependencia es, como todas las adicciones, una manera de calmar nuestro pánico al abandono. Es un paño caliente, un "biberón", un mal menor. La única "solución" que hemos hallado para ahuyentar temporalmente esa soledad insoportable que nos acecha... Y un gran obstáculo, por tanto, para descubrir y solucionar las causas de fondo de nuestro problema.

Como en todos los problemas emocionales, creo que sólo cuando nos atrevemos a descubrir quiénes somos, cuando trabajamos con firmeza y constancia para crecer, cuando decidimos ir soltando muletas, es cuando podemos por primera vez transformarnos. Podemos empezar a mostrarnos. A vivir el amor. Y sólo a partir de ese momento una vida más adulta, más estable, más feliz, sin terrores paralizantes, comienza a ser posible.