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martes, 3 de septiembre de 2013

Amor y comida

Observo últimamente en los supermercados que muchas mamás preguntan con fastidio a sus hijos pequeños:  "A ver... ¿qué quieres para comer?" Como si al niño le correspondiera decidir rápidamente entre los centenares de productos expuestos. Quizá algunas madres crean, influidas por la mentalidad actual, que así ayudan a desarrollar la "autonomía" del niño. Pero a mí me parece que la realidad es muy diferente.

Ante todo, jamás debemos olvidar que, como mamíferos que somos, nuestro primer vínculo afectivo es oral. Lo establecemos a través del alimento (el pecho materno, la leche). Incluso, ya adultos, una de las formas principales de compartir afecto con la gente es dándoles de comer. Y quien recibe el alimento siente íntimamente: "me está cuidando, me quiere". Esta íntima relación entre la comida y el amor nos acompañará toda la vida.

Nuestras relaciones con el alimento nos dan, por ejemplo, muchas pistas sobre nuestros estados afectivos o neuróticos. Por ejemplo, cuando el amor escasea, la comida puede convertirse en una gratificación sustitutiva (bulimia). Cuando tenemos conflictos con las personas nutridoras, nos negamos a comer (anorexia). Etcétera. Irremediablemente, la comida representa el amor, el vínculo, el cariño que todos necesitamos.

Por eso, comprar la comida en un mercado, cocinarla, servirla en la mesa, etc., etc., no son sólo meras acciones domésticas. Son, ante todo, la expresión directa de nuestro modo de dar (o no) afecto. Por eso, cuando a un niño se le pregunta habitualmente  "¿qué quieres de comer?", o incluso se le empuja prematuramente a cocinar él mismo, servir y recoger la mesa, etc., el mensaje que real e inconscientemente se le envía al corazón es: "no quiero cuidar de ti". Es decir: ¡cuídate tú mismo! Y el niño sólo puede sentirse íntimamente abandonado.

Sin duda, la pretensión moderna de enseñar tempranamente "autonomía" a los niños no es más que el reflejo de la incapacidad emocional de muchísimas personas de responsabilizarse plenamente de sus hijos, principalmente debido a sus propias carencias afectivas. Si no cuidaron de mí, y además no tengo tiempo ni fuerzas para cuidarte por el tipo de vida moderna que llevamos, ¿cómo podré cocinar un sabroso plato para ti, hijo/a?

Así que la madre del supermercado es evidentemente una mujer cansada, enfadada, privada de afectos seguramente desde niña. Por eso tiene prisa, mira impaciente en todas direcciones, parece necesitar salir de ahí cuanto antes. Y pregunta a su hijo: "¿qué quieres de comer?" El último niño que observé, flacucho y callado, se apartaba de la madre y paseaba su mirada tristísima por las estanterías en busca de alguna respuesta...

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