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sábado, 10 de marzo de 2012

La trampa de las palabras

Somos adictos a las palabras. Charlas inacabables, radio y televisión, libros, periódicos, redes sociales, discursos políticos, sermones religiosos, propaganda científica, fórmulas esotéricas.... Palabras, palabras y más palabras. Algunas, incluso, adquiere un valor casi religioso (p.ej., Dios, Solidaridad, Libertad, Opinión Pública,  Democracia, Progreso, Amor, Justicia...) y, al oírlas, millones de personas se arrodillan o enardecen... Otras oyen o pronuncian la frase ritual "te quiero" y se diría que las puertas del Cielo se abren. Etc... Y es que, lamentablemente, solemos confundir lo que decimos con lo que es.

¿Por qué sucede esto? Porque nuestro pensamiento inconsciente es de naturaleza mágica, es decir, infantil. Funciona a través de símbolos, y los símbolos  parecen lo que representan. Tal como los niños hablan con sus muñecos creyéndolos vivos. O como los chamanes o la gente superticiosa maneja objetos simbólicos (piedrecillas, velas de colores, amuletos) creyendo que esta representación (de personas, objetos o situaciones) hará cambiar su suerte. Por eso si el presidente de un país afirma por ejemplo: "Sucede esto, prometo lo otro, pasará aquello", todos sus partidarios le creen y vitorean. ¡No necesitan más pruebas! Lo ha dicho y así será... Es la magia de las palabras.

Políticos hábiles, tertulianos elocuentes, publicistas avispados, gurús seductores, periodistas salvadores, científicos y filósofos y predicadores  etc., ¡todo el mundo sucumbre ante el Lenguaje! La Biblia lo expresa muy bien: "En el principio fue el Verbo (la Palabra)... y Dios dijo 'hágase esto y aquello"...", etc. Las palabras nos parecen omnipotentes y por eso nos enamoramos de ellas. Aunque en ocasiones también nos enferman, como en el caso de los neuróticos obsesivos, atormentados por el temor de que sus malos pensamientos (o sea, palabras) lleguen a cumplirse...  En resumen, el ser humano lleva siglos intentando controlar el mundo y vencer sus miedos con ayuda de las palabras. El problema es que, no siendo consciente de su mente infantil, ignora que las palabras no son la realidad. Y esta "confusión" es, evidentemente, perjudicial.

Por ejemplo, el exceso de palabras llega a ocultarnos el mundo real. Nos impide valorar con exactitud la importancia verdadera de las cosas. Nos crean toda clase de prejuicios deformadores. Nos impide acceder a nuestros verdaderos sentimientos y necesidades (para la introspección es imprescindible el "silencio"). Las palabras matan la espontaneidad y la intuición, y ayudan a volvernos dogmáticos e intransigentes. Nos sirven también para protegernos, para mentir, para manipular, para agredir, para aprovecharnos de los demás... Por eso la mayoría de nuestras palabras no coinciden con nuestras acciones. Las palabras son, en definitiva, una máscara que contribuye a perpetuar la hipocresía y la neurosis en el mundo.

Toda maduracion emocional, en cambio, todo crecimiento personal y espiritual, tienden necesariamente a despojarnos de las palabras. Por ejemplo, la intimidad amorosa no quiere palabras, sino hechos (caricias, cuidados, besos). La poesía y la sabiduría son tanto más profuindas cuanto menos palabras necesitan. La psicoterapia no quiere palabras, sino sentimientos...

Y el sabio supremo, igual que la música, ignora por completo las palabras.

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